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Monasterio de Santo Toribio

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Descripción

Monasterio de Santo Toribio - Cantabria


Su fundación debió realizarse en el siglo VIII, aunque la tradición la remonta al siglo VI y se atribuye a un monje de Palencia, llamado Toribio que se retiró a estos lugares con cinco compañeros.

 

Entre sus pertenencias traían los restos de Santo Toribio, Obispo de Astorga. Este obispo estuvo en Tierra Santa y trajo consigo algunas reliquias, entre ellas el Lignum Crucis.

 

A principios del siglo IX ya se inicia la expansión, con la anexión del monasterio de San Pedro de Viñón en el 828 y sería en este periodo cuando llegan las preciadas reliquias para protegerlas de las razias musulmanas.

 

Desde mediados de este siglo, se produce un gran desarrollo de su dominio, por las donaciones de familias nobiliarias lebaniegas y adquisiciones. En esta época había alrededor de 20 monjes.


Durante el siglo XI tiene lugar el cambio de advocación. En el año 1181, la de Santo Toribio se había consolidado desbancando a la más antigua (San Martín de Turieno) precisamente a partir del documento en que los obispos de León, Oviedo, Palencia y Burgos constituyen la Cofradía de Santo Toribio.

 

El culto a Santo Toribio debió de aparecer a finales del siglo IX, puesto que al comenzar la siguiente centuria es relativamente frecuente encontrar el nombre de Toribio entre la onomástica de los testigos de los documento, tanto presbíteros como seglares. En 1204 incluso existía ya un altar dedicado a este santo en la iglesia del monasterio.

 

La decadencia anunciada, culmina con la pérdida de su independencia al ser incorporado al monasterio burgalés de San Salvador de Oña en la segunda mitad del siglo XII. Figura clave en el siglo XIV es el prior Toribio, que antes de marchar como abad a Ocaña realiza un completo inventario de las propiedades del monasterio.

 

A mediados del siglo XV comienza la crisis debida a las pretensiones de segregación de varias iglesias –la iglesia de San Vicente de Potes pretendía convertirse en parroquia, o los problemas con Santa Maria de Lebaña-, así como con la nobleza laica de la comarca, que consiguió apropiarse de rentas del monasterio, y hasta la resistencia de sus vasallos a pagar infurciones, llegando a intervenir el propio rey. La iglesia de Potes conseguirá su objetivo.

 

El edificio actual responde a la reforma que se lleva a cabo hacia 1256, en estilo gótico. En el siglo XVII se añadió el claustro y a principios del siglo XVIII la espléndida Capilla del Lignum Crucis. De la primitiva edificación prerrománica y de una reforma románica quedó enterrada bajo los actuales ábsides.

 

Alrededor de Santo Toribio se encuentran otras ermitas. La que más interés tiene para nosotros es la conocida como Cueva Santa. Se trata de una capilla de reducidas dimensiones, posiblemente prerrománica que aprovechando la roca se completa con tres muros de mampostería. Un rústico arco de medio punto constituye la puerta de ingreso en la fachada este. La planta es rectangular con dos alturas. El piso superior, de doble superficie que la capilla, tendría acceso desde el exterior.



La Capilla de  Lignum Crucis


Está construida por una sola nave de tres tramos, de los cuales el primero sirve de presbiterio y sobre el intermedio se eleva una magnífica cúpula con linterna. Impresiona la extraordinaria calidad de la labra pétrea, en cuyas pechinas están representados evangelistas, entre una exuberante decoración de guirnaldas y amorcillos, elementos simbólicos que junto con los signos de la Pasión y motivos heráldicos se repiten en la linterna. Se atribuye su construcción, por su semejanza con la capilla del Rey Castro de la catedral de Oviedo, al asturiano maestro Plaza.

 

En un bello baldaquino dorado, situado en el centro del presbiterio, construido hacia 1705 siguiendo las trazas de Fr. Pedro Martínez de Cardeña, se guarda en la cruz de planta dorada del siglo XVII, reformada en diversas épocas, el “Lignum Crucis”. Se trata de la reliquia de la Cruz de Cristo más grande que existe en la actualidad. Es el mismo trozo de madera santa que trajo desde Jerusalén Santo Toribio de Astorga en el siglo V. Un análisis científico, realizado en el año 1958 en el Instituto de las Ciencias Forestales de Madrid, revela que se trata de una madera de ciprés oriental de hoja perenne, que tiene más de 2000 años de antigüedad.

 

En un arcosolio situado en el muro del evangelio se encuentra la estatua orante del arzobispo Francisco G. Otero y Cosío (1640-1714), Inquisidor en Madrid y arzobispo en Santa Fe de Bogotá (Colombia), natural del vecino pueblo de Turieno, que mandó construir esta capilla del Lignum Crucis. Se atribuye la escultura, al igual que los relieves de la cúpula, al escultor asturiano Antonio de Borja.



Tres Hombres Significados en Liébana


SANTO TORIBIO DE LIÉBANA


Obispo de Astorga hacia el año 450. Antes de recibir la ordenación episcopal, siendo aún presbítero, fue a Jerusalén, donde permaneció unos años al frente de la sacristía del Santo Sepulcro. A su vuelta a España se le permitió traer algunas reliquias, entre ellas un trozo grande de la cruz de Señor. Dichas reliquias fueron probablemente depositadas en la catedral de Astorga. Según los Santorales murió el 16 de abril del año 460. De ahí que se celebre el Jubileo los años en que dicho día cae en domingo. Tras la invasión musulmana, las reliquias se trasladaron, junto con los restos del obispo, al monasterio de San Martín, que había fundado en Liébana el monje Toribio de Palencia.



TORIBIO DE PALENCIA


Monje natural de la Tierra de Campos en el Norte de Castilla. Vivió en el siglo VI. Según la tradición, se retiró con cinco compañeros a las montañas de Liébana, en donde fundaron el monasterio de San Martín de Turieno. A él se refieren las crónicas benedictas a cerca de la construcción de este cenobio y su vida ascética que lo llevó a reunirse a Cueva Santa, ermita que se halla en la ladera del monte Viorna más elevada que el monasterio.



BEATO DE LIÉBANA


Beato fue un monje que vivió en este monasterio durante la segunda mitad el siglo VIII. Se le considera el primer escritor de Cantabria, ya que en el año 776 escribió un libro titulado Comentario al Apocalipsis. Se trata de una explicación del último libro de la Biblia, llamado Acopalipsis, atribuido al evangelista S. Juan. La elección de este libro sagrado para su comentario no es casual. Existía un paralelismo en la situación que vivía la iglesia de los primeros cristianos y la del siglo VIII: persecución y amenaza de la fe. El Apocalipsis pretende: “consolar y alentar a los creyentes a vivir en la esperanza de que el tirano opresor sucumbirá y los perseguidos triunfarán”.

 

Pero Beato, además de ser un gran escritor, ha pasado a la Historia del Arte porque en su libro, junto a sus textos, comenzaron a incluirse ilustraciones o miniaturas, cuya temática y técnica fueron fundamentales para la evolución técnica y estética de la pintura y escultura mozárabe y románica. Perdida la obra original, apenas se han conservado 25 códices ilustrados de los siglos IX al XIII, que han tomado el nombre del autor del “Comentario al Apocalispis”: los “beatos”.

 

 

Liébana Repoblada y Evangelizada


Tras la invasión musulmana y el consiguiente inicio de la reconquista cristiana, dirigida por los reyes asturianos, se produjo una repoblación de la comarca lebaniega, que hasta entonces debía estar poco habitada, con escasos núcleos dispersos. En este proceso tuvieron gran protagonismo los monasterios, que fueron centros importantes tanto desde el punto de vista religioso y cultural como económico. Los monasterios representaron en este momento la garantía de repoblación del territorio: eran auténticas explotaciones agrarias, con dominios cada vez más amplios por las donaciones de sus fieles; atendían a peregrinos, alojaban a los viajeros y se regían por unas normas estrictas, adecuadas a cada situación.

 

La vida monástica nació como respuesta de los creyentes a la llamada de Dios en sus vidas. “Si quieres ser perfecto -dice el evangelio- ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en los cielos. Luego ven y sígueme” (Mt 19,21). Dejando sus quehaceres y su modo de vida, algunos cristianos buscaron la soledad y el retiro de la contemplación de Dios y del mutuo amor. Crearon una forma de vida válida para sí mismos y para la  sociedad de su época.

 

Liébana fue una comarca privilegiada, por su situación y orografía, para acoger a estos monjes y monjas que fundaron numerosos monasterios, -Cosgaya, Las Caldas, Osina, Pembes, Villeña…- ya en el siglo VIII, llegando a casi un centenar en los siglos siguientes.

 

 

El Monasterio de San Martín de Turieno

 

Es uno de los primeros monasterios de Cantabria de los que existe constancia documental, ya desde el siglo VIII. En su origen su escasa importancia sería similar a la de otros pequeños monasterios, pero enseguida se produjo su expansión por la comarca, basada sin duda en la posesión de las reliquias del Lignum Crucis y en los restos de Santo Toribio de Astorga. Las primitivas construcciones serían muy sencillas, dentro del estilo prerrománico, la tradición visigoda y la influencia asturiana.

 

No conocemos la Regla por la que se regía. Las más extendidas en aquella época eran las de San Fructuoso, o la de San Benito, asi como otras específicas de cada comunidad, mediante acuerdos tomados por un grupo de abades, Régula Communis, que solía aplicarse mediante un pacto entre el abad y los propios monjes, Pactum monásticum, de obligación recíproca.

Alfonso VIII lo cedió a los condes don Gómez y doña Emilia, la cual a su muerte lo entregó definitivamente al monasterio burgalés de Oña, convirtiéndose nuestro monasterio, en prioritario dependiente de aquel, hasta su definitiva clausura en el siglo XIX con las desamortizaciones. Para entonces nuestro cenobio había conseguido un extenso dominio, que abarcaba heredades no sólo en Liébana sino también en todas las provincias limítrofes.

 

En el año 1256 se construyó la actual iglesia, con el apoyo económico de los fieles, por medio de indulgencias concedidas para tal fin por el obispo palentino Fernando. El templo sigue las directrices del gótico monástico de influencia cisterciense, con la claridad de líneas y de espacio y la sobriedad decorativa que caracteriza a la arquitectura de San Bernardo. La planta rectangular proporciona un espacio diáfano y la prismática torre  a los pies de la nave central remarca el carácter medieval del conjunto. Han desaparecido las construcciones que cerraban el atrio y proporcionaban un aspecto más recoleto al monasterio.

 

Desde 1961 está regido por una comunidad de hermanos franciscanos, reviviendo la tradición de San Francisco de Asís, que peregrinó a Tierra Santa en tiempos de las Cruzadas. Los franciscanos se consideran por este motivo custodios especiales de los “Santos lugares” de la tierra de Jesucristo.

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